
Autor
He disfrutado durante cuarenta años en las cárceles españolas. Desde los grandes motines carcelarios de 1977 hasta la desintegración de la banda terrorista ETA, recorrí mil y un destinos, siempre en puestos cada vez más incómodos que el anterior. Ninguno tan frustrante, decepcionante y oscuro como el de director del Psiquiátrico Penitenciario de Alicante. No por los enfermos, sino por algunos que, en teoría, debían trabajar allí pero se dedicaban a otras cosas.
Dirigí las cárceles de Nanclares de la Oca, en Álava; Picassent, en Valencia; y Palma de Mallorca. Durante años, junto a Antonio Asunción y Juan Alberto Belloch, trabajé en la lucha contra el terrorismo etarra. En todo este tiempo, aprendí a valorar a la gente honesta, trabajadora y fiel.
No odio a nadie porque la vida es demasiado corta para perder el tiempo odiando. Pero desprecio a los vagos, a los que se pasean con un folio en la mano fingiendo que trabajan. A los pelotas, a quienes son sumisos ante el poder y, al mismo tiempo, rígidos y autoritarios con los débiles. A los trepas que hacen política de pasillo, a los correveidiles y a los farsantes. A los que difunden intrigas y rumores maliciosos con fines interesados. A los cobardes. A los que roban a los pobres. A los meapilas, y a esos obispos y curas que faltaron a clase el día que explicaron a los profetas y se acomodan junto al poder para vivir como Dios, sin que Dios haga nada por liquidarlos.
La vida es demasiado corta para no hacer lo que te gusta y para no dejar que tu perro duerma en tu cama. Me jubilé —convencido de que lo merecía— para dedicarme a las motos y a la literatura, dos actividades que intento usar como blindaje contra la decrepitud. Eso hago, y que llegue La Parca cuando no quede más remedio.
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